Para Alejandro Okusono.
Hace una semana, entre pomodoros de trabajo, un algoritmo me presentó un short musical que terminaría por desmoralizarme. Me gustó el tono, el ritmo, el tipo de voz. Fui a buscarlo al sistema — y ahí estaba. También, en la misma pantalla, había recomendaciones de artistas similares.
Me di un tiempo extra para analizar y probar la música de los “artistas similares.” De la curación salieron dos artistas: una voz femenina y otra masculina. Satisfecho con el resultado de tener dos nuevos artistas en mi playlist, continué con mis actividades.
Al día siguiente, estos dos descubrimientos fueron quienes me acompañaron en la sesión de ejercicio matutina. Ya instalado en mi oficina un par de horas después, decidí conocer más de estos dos talentosos.
Busco en YouTube y veo que sus canales son de reciente creación. En Music, veo que sus discos acaban de ser lanzados. Voy a Google por notas de prensa, entrevistas, conciertos en vivo. Nada.
Los dos son “contenido” creado con IA. Me desmoralizé.
Soy un entusiasta admirador de la carrera musical de Concha Buika, Yasmin Levy, Chabuca Granda, Tracy Chapman, John Legend, Jacob Banks, Erykah Badu, entre muchos otros — y estos dos descubrimientos fortalecerían mi line-up musical.
Pero tengo un problema: no puedo categorizar en el mismo nivel de influencia a ninguno de los artistas arriba mencionados con estos productos que sintetizan narrativas. Pienso en las entrevistas que he visto de Badu, de Buika, los programas de Chabuca en la televisión peruana — esos insumos les dan en mi sistema una categoría única y no negociable.
Ahora estoy ante el debate moral de “seguir a un robot, de admirar un algoritmo por su ejecución artística o sensorial.”Estoy de acuerdo en que interactuemos con los modelos de pensamiento para lograr un avance — una ventaja laboral, recortar las horas de trabajo, ampliar los alcances de las ideas, ejecutar de forma precisa fórmulas. Pero… reconocer que una máquina me hizo “sentir” y me transportó a otro espacio, engañándome al pensar que eran genuinos e imperfectos artistas…
La música vive otro cisma — otra vuelta de tuerca. Ya sucedió cuando Napster y las plataformas de descarga. Luego con iTunes y comprar canciones, no discos. Luego con las plataformas de streaming. Y ahora: miles de nuevos productos digitales empaquetados como artistas.
Con el paso de los días y al hacer pública mi anécdota, el algoritmo — siempre tan bien intencionado — me reforzó la narrativa con data y autores que hablan de este fenómeno. Así me enteré del acuerdo entre Suno — el gigante de la creación de música con inteligencia artificial generativa, con más de 100 millones de usuarios aunque solo 2 millones de suscriptores de pago — y BMG (Bertelsmann Music Group), la cuarta compañía musical más grande del mundo, que gestiona el catálogo editorial y las grabaciones de leyendas de la música.
Entre ambas empresas existió un conflicto por el uso de la música de BMG para entrenar los modelos de Suno. Demandas más, demandas menos — BMG resolvió el conflicto: a cambio de liquidar el uso histórico de su catálogo, obtuvo compensación para sus artistas y un lugar en el desarrollo del primer modelo licenciado de Suno. En fin…
El conflicto entre Suno y BMG no es el único. Hay otros frentes — otras batallas legales, existenciales, morales entre actores.
El relato de la música — como proceso, como arte, como negocio — ha llegado a un nuevo punto. Su fondo y su forma se replantean. Las definiciones siguen cambiando. Los alcances extienden sus fronteras.
Tengo que ser honesto, querido lector: escribo con un dejo de frustración, apatía — y en el fondo, con esperanza.
Ya no se trata del músico ni de la música, sino del proceso para llegar a un resultado. Se estima que a partir de esta “revolución” se suben al día más de 90,000 creaciones musicales hechas con IA. La diatriba de las plataformas es cómo gestionar esto — si al final generan reproducciones y mantienen vivo o incrementan el modelo de negocio, no habrá forma de que se detenga.
Mi conflicto es etimológico. Talento, del griego “talánton” — peso o medida. Músico. Viene de “Mousa” — musas griegas, seres que “elegían a quién inspirar.”
Entonces: ahora las musas eligen a las máquinas — ¿y las ovejas tienen sueños eléctricos?
¿La música hecha con IA en todo el proceso es música — o es un “contenido musicalizado”?
Estamos ante el fin del romanticismo. Las musas han perdido su trabajo — y ahora son simplemente prompts que tienen el poder de hacernos sentir.
Ojalá que el algoritmo, con esta desbandada, también decida traernos a los de carne y hueso — a los que sueñan, a los que cantan de verdad.
Luis Martín Osorio
Temas de esta edición
En Política 101 creemos en el valor del debate. Cada texto pertenece a quien lo escribe: sus opiniones, argumentos y conclusiones son responsabilidad del autor. Nuestro papel es ofrecer una plataforma libre para pensar, cuestionar y dialogar, no imponer una verdad única.

