Ajusto el ala de mi sombrero y miro más allá del ruido triunfalista y la pirotecnia financiera. Desde la cuadrícula en blanco y negro de mi máscara, la realidad económica no admite sesgos ideológicos ni lecturas simplistas: el tipo de cambio no es un trofeo moral — es un precio relativo. Y como toda balanza, tiene dos platos con pesos muy distintos.
La cotización del peso frente al dólar ronda los 16.95 pesos. En el tablero global, las reservas internacionales y el diferencial de tasas explican la solidez financiera. Sin embargo, al bajar la mirada a la economía de a pie, al bolsillo per cápita de más de 125 millones de mexicanos, la pregunta obligada es: ¿a quién beneficia realmente esta fortaleza cambiaria — a la mayoría o a una minoría?
La minoría que captura la ganancia directa
- Consumidores de importaciones y viajeros: Hogares de ingresos medios-altos y altos que adquieren tecnología, bienes de lujo o viajan al extranjero maximizan de inmediato su poder de compra internacional.
- Empresas importadoras de insumos y deudores en dólares: Corporativos que requieren maquinaria y servicios foráneos ven comprimidos sus costos en pesos.
La mayoría y el impacto per cápita real
- Familias receptoras de remesas: El eslabón más vulnerable. Con 64,746 millones de dólares captados anualmente, la caída del poder adquisitivo real de las remesas — un 11.1% menos en términos reales — golpea directo al gasto diario en comida, salud y vivienda de millones de hogares de bajos recursos.
- Trabajadores del sector productivo: Más de 3.2 millones de empleados vinculados a la manufactura de exportación (IMMEX) y el turismo receptivo enfrentan la pérdida de competitividad y márgenes reducidos en las empresas que generan sus plazas laborales.
- El trabajador promedio: Para la inmensa mayoría cuyo sustento depende estrictamente del mercado interno, el beneficio del superpeso apenas llega diluido en algunos precios de mercancías — mientras la inflación en servicios, vivienda y alimentos básicos sigue marcando el costo de vida.
El dato de la ENIGH es contundente: el bienestar de la mayoría no lo define la pizarra de Wall Street — sino el poder adquisitivo del salario frente a la canasta básica.
Un peso fuerte sin un incremento paralelo en la productividad, la infraestructura y el ingreso real no genera prosperidad masiva; redistribuye la riqueza concentrando ventajas en sectores específicos — y trasladando costos a quienes dependen del dólar para subsistir.
La verdadera fortaleza de una nación se mide en la mesa de sus familias — no en la pantalla cambiaria.

Jacques Mattes
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