Vivimos en una época en la que hablar de empoderamiento femenino se ha vuelto casi obligatorio. Y, sin duda, que las mujeres puedan decidir sobre su cuerpo, su imagen, su sexualidad y la manera en que desean presentarse ante el mundo representa un avance frente a épocas en las que otros decidían por ellas.
Pero existe una paradoja que merece ser discutida.
¿Qué sucede cuando aquello que se presenta como una expresión de libertad termina convirtiéndose también en una de las formas más rentables de consumo?
No se trata de juzgar a una mujer por mostrar su cuerpo — ni de afirmar que toda mujer que utiliza su imagen está siendo víctima de cosificación. Sería injusto y, sobre todo, demasiado sencillo. Una mujer puede decidir conscientemente cómo utilizar su imagen, obtener reconocimiento, generar ingresos y ejercer poder a través de ella.
El problema comienza en otro lugar: cuando la sociedad termina convenciendo a las mujeres de que su cuerpo es uno de sus principales instrumentos de valor.
La fórmula parece sencilla: belleza, juventud, sensualidad, visibilidad y éxito. Una mujer atractiva obtiene atención; la atención produce seguidores; los seguidores generan influencia; y la influencia puede transformarse en dinero. Así, el cuerpo deja de ser solamente una parte de la identidad para convertirse también en una especie de capital.
Y aquí aparece la contradicción.
Lo que puede comenzar como una decisión individual puede terminar reforzando una expectativa colectiva: para ser una mujer exitosa hay que verse de determinada manera.
La libertad entonces corre el riesgo de transformarse en obligación.
Ya no basta con ser inteligente, profesional, creativa o competente. Hay que ser visible. Hay que conservar cierta apariencia. Hay que competir con cuerpos cuidadosamente editados, iluminados, maquillados y seleccionados para producir deseo y atención.
Y mientras más rentable se vuelve esa imagen, más difícil resulta cuestionar el sistema que la produce.
Pero esta situación tampoco es exclusivamente un problema de las mujeres. Los hombres participan de ella como consumidores, espectadores y también como sujetos sometidos a sus propias exigencias. La misma cultura que enseña a mirar a las mujeres como objetos deseables enseña a los hombres que su masculinidad debe demostrarse mediante éxito, dinero, poder, rendimiento físico y capacidad sexual.
En otras palabras: ambos sexos terminan aprendiendo a relacionarse con ellos mismos y con los demás a través de criterios de mercado.
- La mujer aprende que debe ser deseable.
- El hombre aprende que debe ser exitoso.
- Ella puede terminar administrando su cuerpo como una marca.
- Él puede terminar administrando su masculinidad como un producto.
Y ambos pueden terminar confundiendo valor personal con valor de mercado.
Por eso quizá deberíamos hacernos una pregunta distinta. No preguntarnos simplemente si una mujer tiene derecho a mostrar su cuerpo — por supuesto que lo tiene — sino preguntarnos por qué mostrar determinados cuerpos produce tanta atención, reconocimiento y rentabilidad dentro de nuestra sociedad.
La discusión tampoco debería reducirse a culpar a los hombres. Detrás de la cosificación existen industrias, algoritmos, publicidad, plataformas digitales, consumidores y modelos culturales que convierten la atención humana en mercancía.
El verdadero problema aparece cuando una persona deja de ser valorada por lo que es y comienza a ser valorada principalmente por lo que provoca en los demás.
Y quizá ahí está la frontera que deberíamos aprender a distinguir:
empoderarse no debería significar convertirse en un producto más atractivo para el mercado.
El verdadero empoderamiento tendría que ampliar las posibilidades de una persona — no reducirlas a su capacidad de ser mirada, deseada o consumida.
Porque una mujer puede utilizar su cuerpo como expresión de libertad. Pero una sociedad verdaderamente libre debería asegurarse de que su cuerpo no sea la condición para reconocer su valor.
Y esa diferencia — entre elegir la propia imagen y necesitarla para tener valor — es precisamente la conversación que estamos dejando de lado.
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Israel Hernández
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