El aula vacía es el monumento más triste de la incongruencia nacional. Mientras las cúpulas debaten y miden fuerzas, hay un país real, el de los pupitres polvorientos y los bolsillos flacos, que asiste a un espectáculo donde el rehén siempre es el mismo: el futuro de los niños.
Hablemos de números, que para eso la memoria no necesita adjetivos. Nos dicen que el magisterio ha recibido un trato histórico; que pasamos de aquellos 11,952 pesos mensuales en 2018 a una proyección que acaricia los 20,351 pesos para este 2026. Un incremento del 10% el año pasado y un 9% en el curso actual, bajo la gestión de Claudia Sheinbaum. Sumemos las basificaciones masivas, el Fondo de Pensiones para el Bienestar y el alcance del programa La Escuela es Nuestra en las secundarias públicas. Son datos, no opiniones. El Estado ha abierto la chequera y, por primera vez en décadas de desprecio neoliberal, el maestro ya no es el enemigo público del discurso oficial.
Pero entonces, ¿por qué las calles de la Ciudad de México y de varios estados huelen a gas lacrimógeno, llantas quemadas y consignas eternas?
La Desmesura del Pliego Petitorio
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) decidió apretar el botón de pánico el pasado 1 de junio. Paro indefinido. Sus demandas, leídas bajo la fría luz del sentido común, rayan en la utopía o, peor aún, en el chantaje financiero: un aumento salarial del 100% y la abrogación total de leyes estructurales. Pedir el cielo para negociar un tabique es una vieja estrategia sindical, pero cuando el costo de la negociación se paga con días de clase perdidos, la táctica se vuelve criminal.
“La verdadera transformación educativa se construye en las escuelas abiertas, no en las calles bloqueadas”.
Es legítimo dudar sobre la sostenibilidad de las pensiones y el costo de la vida; el magisterio merece dignidad. Lo que ya no es digerible es la cerrazón. La Secretaría de Educación Pública y Gobernación han mantenido las mesas abiertas, ofreciendo reformas profundas a la cuestionada USICAMM y aumentos por encima de la inflación. Pero la CNTE insiste en el “todo o nada”, exigiendo una foto directa con la presidenta, como si la política educativa fuera un asunto de audiencias reales y no de viabilidad institucional.
El Tablero del Desinterés
Ante el impasse, la estrategia oficial ha girado hacia la base: saltarse a los líderes y consultar escuela por escuela a partir de agosto. “Que decidan desde abajo”, dice el gobierno. Suena democrático, casi poético, pero también es una maniobra para desactivar
un conflicto que amenaza con manchar la vitrina internacional que representa el Mundial de Fútbol en curso.
Mientras tanto, en las comunidades vulnerables, el ciclo escolar se cierra con un portazo. Venimos de los estragos de una pandemia que dejó un apagón educativo sin precedentes, y la respuesta de quienes juraron defender la educación es ponerle un candado a la escuela.
Exigir derechos pisoteando el derecho de los que no tienen voz los estudiantes no es lucha social; es corporativismo puro. El compromiso con los maestros debe ser recíproco con el compromiso hacia las aulas. Si el diálogo está sobre la mesa, prolongar el paro es un capricho que México no se puede permitir. Las tizas se respetan, pero los días de clase perdidos no se recuperan jamás.
Me acomodo el sombrero, guardo silencio detrás de la máscara y les dejo la pregunta en el aire: ¿A quién defienden realmente los que cierran las escuelas en el momento en que más se necesita abrirlas?

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