En los años en que he estado vinculado a la política, he visto cómo se repite un patrón que parece nunca cambiará: los políticos no saben escuchar, solo desean ser escuchados.
La mayoría de los discursos están hechos para imponerse, no para dialogar. Los que creen que son líderes, los que alguien les dijo que eran líderes y los que sueñan con serlo, han pensado que sus mensajes deben ser consumidos sin apelaciones.
Todos hablan, prometen, culpan a otros de sus fracasos y repiten hasta el cansancio lo mismo, sin mostrar una pizca de compromiso con lo más importante: escuchar.
He visto a muy pocos detenerse a escuchar y hacer suyos los problemas de la comunidad, dejando de lado su agenda y los intereses que conlleva. Si el político escuchara el dos por ciento de lo que habla, en este país habría más igualdad, mejores condiciones y un mayor empeño ciudadano en querer mejorar las cosas. Desgraciadamente, estos personajes acartonados repiten el mismo patrón: NO SABEN SERVIR, BUSCAN QUE LES SIRVAS.
¿Saben qué es lo que más me molesta? Que cuando hablo de esto con otras personas involucradas en el mundo de servir, subestiman la importancia de escuchar. No entienden que escuchar es mejor y más productivo que hablar todo el tiempo.
¿Acaso no se han dado cuenta que el silencio ciudadano es el mayor bullicio y reclamo de señalamiento?
Si en realidad los líderes escucharan, habría cientos o miles de puertas abiertas entre instituciones y ciudadanía. La realidad es que al político se le olvidó ser empático; creo que la mayoría desconoce el concepto y ni siquiera lo menciona. Esa falta de interés, porque es real y la sociedad ya ni siquiera lo menciona, transforma las acciones del político en desconfianza, abstención y resentimiento.
El reto está en escuchar, saber escuchar, volver a escuchar o aprender a escuchar. Pero hay que decirle a todos esos políticos de cartón que para que eso suceda se necesita humildad, disciplina y voluntad, mucha voluntad.
La verdad y la realidad están fuera de las oficinas de las instituciones que representan. Cuando la clase política vuelva a entender que su misión es mantener y generar democracia y mejor calidad de vida, volverán de inmediato a la escucha, porque eso es de sabios, no de merolicos.
Recuerda: no lograremos recuperar la confianza de la comunidad con grandes discursos, sino con el simple acto humano y mágico de mirar a los ojos y decir: te escucho.


