Me encontraba reflexionando sobre noticias recientes y veo que, en los últimos años, el discurso de género en México ha ganado fuerza, visibilidad y legitimidad en la agenda pública. Se han dado pasos importantes para reconocer y combatir la violencia contra las mujeres, y eso lo hablé hace poco por aquí. Sin embargo, en ese proceso, se ha dejado una conversación pendiente —incompleta, rota incluso—: la que incluye a los hombres, especialmente a los más jóvenes, en su complejidad emocional, afectiva y social.
Y si, debo hacer un paréntesis también, hay ejercicios muy buenos en los que se abren espacios para que los hombres se expresen y trabajen en mejorar como personas, el que directamente me toca por haber formado parte es el del Municipio de Apodaca, Nuevo León, desde mi punto de vista, y con cariño, puedo decir que es el mejor esfuerzo gubernamental que he visto hasta ahora. Sin embargo, falta mucho por hacer, hay lugares en los que esa conversación, ni siquiera se imagina.
Al grado de que, etiquetas como “manosfera” o “incel”, que inicialmente sirvieron para nombrar comunidades o fenómenos reales en internet —algunos con discursos peligrosamente misóginos—, se han convertido, en el debate cotidiano, en insultos rápidos, diagnósticos perezosos y atajos retóricos para invalidar cualquier voz masculina que cuestione, critique o simplemente exprese confusión frente a los cambios culturales actuales.
Esta tendencia a la estigmatización no sólo es injusta, sino contraproducente. Silencia a hombres que podrían estar buscando genuinamente entender y transformar su relación con las mujeres y con el mundo. Peor aún: empuja a muchos hacia los mismos espacios que se pretende combatir, como comunidades digitales de odio y resentimiento que sí alimentan la misoginia y la violencia.
Un ejemplo doloroso y reciente de lo que sucede cuando los discursos de la mal llamada manosfera, y los incels dejan de ser solo lenguaje digital y comienzan a materializarse es lo ocurrido en el CCH Sur de la UNAM. En septiembre de 2025, un joven estudiante con ideas resentidas hacia el género femenino atacó y asesinó a otro alumno, luego de compartir en redes sociales expresiones de odio contra mujeres, frustración afectiva y aislamiento social. Aunque había señales de alerta —compañeros que lo denunciaban, mensajes inquietantes, actitudes violentas—, las autoridades escolares no lo detectaron o no lo atendieron con la urgencia necesaria.
Este hecho pone en evidencia cómo la invisibilización del sufrimiento y las heridas emocionales masculinas no solo favorece la expansión de narrativas tóxicas, sino que también puede derivar en tragedias. Y confirma que el combate a la violencia de género debe involucrar esfuerzos previos de prevención, educación emocional, salud mental, escucha atenta, y responsabilidad institucional.
La violencia contra las mujeres es real y urgente. Pero combatirla no implica suponer que todos los hombres son enemigos en potencia, ni que el sufrimiento masculino es irrelevante. Al contrario: una estrategia profunda contra la violencia de género debe incluir la transformación emocional de los hombres, no sólo su vigilancia.
Eso requiere abrir espacios donde se pueda hablar del miedo, la frustración, el rechazo, la vergüenza, el deseo y la soledad masculina sin que eso sea sinónimo de fragilidad, privilegio o amenaza. Requiere también un discurso público menos reactivo y más pedagógico, menos identitario y más humano.
No se trata de equiparar sufrimientos ni de desplazar prioridades. Se trata de comprender que la violencia no nace en el vacío: se alimenta de heridas no sanadas, de modelos caducos de masculinidad, de falta de comunidad y de vínculos rotos. Si no estamos dispuestos a hablar también de eso, estaremos atacando los síntomas sin curar la raíz.
Hoy, más que nunca, necesitamos reconstruir el puente entre mujeres y hombres. No desde la corrección política, sino desde la empatía crítica. No desde la polarización, sino desde el compromiso compartido de vivir en un país más justo, menos violento y más capaz de escucharse a sí mismo.
Por favor, ayúdame a saber tu opinión al respecto. Considero urgente elevar el discurso hacia las propuestas sociales, que se escuche la voz de la mayoría de hombres que pensamos que no es necesaria la violencia para hacernos entender, y que jamás justificaremos la violencia como el camino hacia la igualdad.


