¡Qué calor!

En los últimos días hemos tenido una ola de calor en Bélgica. Bueno, no solo en Bélgica: Francia, España, Italia, los Balcanes, etc. 

Calor, calor… pues bueno, llegamos a los 36 en algunos días. En unos días bajará a menos de 30 y, a más tardar, en una semana estaremos en 23 grados máximo. De nuevo a temperaturas más agradables. 

Cuando me quejo, mis amigos, colegas y demás me dicen: “¿De qué te quejas? Tú estás acostumbrado a este calor”. Y la verdad es que no, ya no estoy acostumbrado. 

Después de tantos años fuera de México, no es lo mismo. Inclusive cuando estaba en México me sentía mal, pero siempre estaba la opción de entrar a un lugar con aire acondicionado. Aquí, muchos lugares no cuentan con aire acondicionado. Cuando alguien tiene “la clim” en su casa, la gente lo ve raro. 

Hasta te dicen: “¿Cómo se te ocurre? Estás contaminando y provocando más calentamiento global”. La verdad es que el mundo se va a acabar, y mi huella de carbono es mucho menor a la de todos los billonarios en sus jets privados (cof, cof, J Bezos, cof, cof, T Swift). 

Además, aquí la gente tiene una resistencia al calor extraña, parece un poco masoquismo. Sales a la calle y ves a señores tomando café en la terraza, sudando,  incluso se sientan en mesas sin parasol. Yo no puedo; si voy a tomar algo en una terraza, tiene que ser en la sombra y una cerveza bien fría. 

En México, con calor, siempre hay algún invento para sobrellevarlo: abanico de techo que parece helicóptero, clima en todos lados, aire lavado, etc. Y si no, siempre te puedes comprar alguna paleta, un bollo, un sabalito… bueno, eso de niño; ya de adulto es más una Tkt o una caguamita.

Recuerdo, hace algunos ayeres, cuando trabajaba en un edificio en la Avenida Morones Prieto, ver cómo algunos albañiles bajaban al río a unas canchas de futbol improvisadas para echarse un partidito a la 1 de la tarde. 

Un día me aventuré a bajar a ver el partido y no ser espectador desde el piso 9 de aquel edificio. Me senté y vi cómo jugaban: en pleno calor de verano estaban echándose el partido de su vida. No era la Champions, no era Barça vs. Real, ni mucho menos el clásico regio, Rayados vs. Tigres. 

Era un partido de unos trabajadores, dejándolo todo en la cancha: se caían, se aventaban… nada de faltas ni dramas como en los partidos que se ven en la tele, donde todo es más coreografía. Al final del partido, unas caguamas bien heladas. El perdedor pagaba las caguamas. Y esas caguamas eran la gloria. 

Aquí, en Bélgica, en verano, a veces, si tienes buena suerte, te venden una Coca-Cola con dos hielos y es como si fuera una delicia gourmet. 

Ya me acostumbré a no pedir hielos, e incluso a la cerveza tibia. 

El transporte público es otra historia; si en las casas no hay aire acondicionado, menos va a haber en el bus. Subes al camión y aquello parece un sauna con aromas a cebolla y queso rancio. 

Cuando tengo que subir a un bus o metro en verano, es la sensación de estarme ahogando y cocinando al vapor, como tamal. 

Otra cosa que me impacto recién llegue acá, fue como en días de sol, la gente va a los parques y se tiran en la hierba, césped, hasta en la tierra, pero se acomodan a tomar el sol, chicas que se quitan la blusa o el top y todo tipo de seres humanos sin camiseta. 

Siempre hay alguien que te dice: “Pero es que aquí no necesitamos aire acondicionado, son solo unas semanas de calor al año”. Claro, unas semanas que se sienten como bajar al infierno; pienso que tal vez sea un entrenamiento anticipado.

Esto es solo una mas de las aventuras de vivir lejos de México. Allá aguantas calor, con soluciones creativas. Aquí lo aguantas, pero con la filosofía europea de “es solo un poco de calor, no te quejes tanto”. Yo, me quejo igual. 

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