Mexicano en Bélgica

Sí, ese soy yo. Te preguntarás cómo llegué aquí.

¿Cómo empezar una columna? ¿Con qué título? Pues con el cliché de siempre y con la pregunta que siempre me hacen de entrada:

¿Qué hace un mexicano en Bélgica?
Vivir. (risas)
Sí. Y no soy el único. De acuerdo con datos encontrados en internet, el Ministerio belga de Asuntos Exteriores tiene registrados alrededor de 1,500 mexicanos

Wikipedia, basándose en publicaciones mexicanas, habla de unos 2,745. Algunos grupos en Facebook tienen más de 2,500, pero bueno, ahí se cuela cualquiera. Tal vez la diferencia se deba a que muchos ya tienen nacionalidad belga y, por lo tanto, ya no figuran en el registro de extranjeros. Y como decimos acá: ya son Belgicanos.

Quiero comenzar contando la historia que justo le conté a una nueva compañera de trabajo.
Llegué a Europa en los 2000s con una maleta de 15 kilos, una mochila y mi laptop con Windows 7 y teclado QWERTY…

Primer shock: venía con la idea de estudiar y viajar por toda Europa. No era la primera vez que venía, así que, según yo, ya tenía experiencia. Todo sería muy fácil: ya sabía algo de francés, sabía inglés… ¿qué podía malir sal? Digo “salir mal”. Pues todo. Resulta que aquí todos hablan 2 o 3 idiomas sin problema, y algunos hasta 4 o 5. Y de pronto te cae el veinte: no, no eres la gran cosa.

Segundo shock: El clima.
Hoy en día ya me acostumbré, pero los primeros años se me hicieron muy difíciles por el frio. Llegué justo el día que rompió récord de frío. Mi vuelo aterrizó sin problemas, pero al día siguiente cancelaron muchos vuelos por una tormenta de nieve que cayó esa noche.
Qué lindo, ¿no? Mi nuevo destino me recibió con nieve.
Sí, ya había visto nieve antes… pero esto era otro nivel: nivel “te ca%as de frío” (perdón por la expresión, pero así fue).
Recuerdo que salí a caminar y, después de un rato, pensé: “creo que ya me aclimaté, no hace tanto frío“. Luego pasé junto a una farmacia con termómetro digital: -15°C. Me dio frío de inmediato y me regresé en metro al lugar donde me estaba quedando.

Un año después ya andaba por las calles de Gante como si nada, con el frío de entre -10 y -15, caminando sobre un canal congelado. (No lo hagan y menos borrachos). Y no, eso no significa que me guste el frío, la nieve o el hielo. Porque con todo eso viene otra cosa: manejar en invierno.
Una habilidad que no tenemos en México. Prepárate para cambiarle las llantas al coche cada 6–8 meses, entre invierno y verano. O comprar All-Season, que como quiera te andas patinando cuando hay un poco de nieve o lo que queda se convierte en hielo y estás en el patinadero de San Pedro, que la verdad no se si todavía existe. 

Tercer shock: —¿Entonces México es como la serie Narcos?
—No, no es como Narcos. Y tengo que explicar (una y otra vez) que esas series son una exageración y que México no es color sepia, está lleno de colores, matices sabores y olores. Pero bueno… tampoco voy a idealizar. Tristemente, en Bélgica también se empiezan a ver cosas que allá suenan familiares: ajustes de cuentas, persecuciones, narcomenudeo… claro, cosas que no siempre salen en las noticias.

Cuarto shock: la comida.
Sí, Bélgica tiene mucho chocolate, waffles, papas fritas y cerveza. Mucha cerveza.
Creo que nunca voy a lograr probar todas las cervezas belgas. De verdad, parece que cada semana inventan una nueva. Pero al final del día… eso no es comida comida. Para un mexicano, las papas fritas son para acompañar el plato fuerte.

Me sorprendió mucho cuando un colega belga me dijo:
—Te voy a invitar a cenar.
Yo le había ayudado a cambiar el disco duro de su laptop, y esa era su manera de agradecerme.
—Vamos al Fritkot —me dijo. Y yo me quedé con cara de “what?”. No sabía si había hablado en francés o en flamenco (pero bueno, los idiomas es historia para otro día). Me llevó al Fritkot: básicamente un puesto donde venden papas fritas. Tamaños: petite, moyenne y GRAND.
—Pide las que quieras, y la salsa que quieras —me dijo—. Yo invito. Y pide una Jupiler. (De nuevo: what?)

Las papas se cocinan dos veces, en aceite o grasa, dependiendo del lugar. Eso las hace crujientes por fuera y suavecitas por dentro, tipo puré. No voy a mentir: son muy buenas… Pero esa no era mi idea de una cena. La Jupiler, por cierto, es la cerveza más común y comercial acá. Algo así como una mezcla entre Carta Blanca y Tecate Light. Y ya.
Creo que fue suficiente de shocks culturales por hoy.

Para la próxima, les cuento lo del teclado, los idiomas o cómo funciona la Unión Europea o el gobierno Belga.

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