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Más líderes, menos jefes

Siempre hemos idealizado al líder como alguien fuerte, imperturbable, casi invencible. Pero los líderes que más transforman no son los que nunca caen, sino los que se levantan mostrando sus cicatrices. La fragilidad, bien entendida, no debilita: humaniza.

Cuando estamos cerca de un líder, el entorno cambia. Un líder no es un jefe. Un líder motiva, un jefe ordena. Un líder te respeta, un jefe te soporta. Los líderes son personas que comprenden el entorno, el contexto, su misión; comprenden a cada uno de los integrantes de su equipo. Sabe exponenciarlos, no exponerlos. Un líder dirige, un jefe señala. Estamos tan necesitados de líderes pero todos quieren ser jefes.

Los líderes modernos conectan, los jefes buscan dar miedo y ser respetados. Los líderes se ganan el respeto por su capacidad de hacer sentir a los suyos parte de un “algo”. Los jefes, amedrentan y coercionan, sin distinguir que cada integrante de su equipo tiene diferentes habilidades.

Un líder escucha a su equipo dejando fuera el egoísmo. Un líder es capaz de reconocer sus errores y tiene la valentía de decir: “no lo sé, pero aprendamos juntos”. El líder te da la confianza, el jefe te demuestra su poder. 

Creo que es tiempo de que terminen los jefes y salgan los líderes. En tiempos como los actuales, donde nuestra sociedad se colapsa ante la falta de garantías y certezas, los jefes salen sobrando. Que nos digan qué debemos de hacer no es lo que se ocupa. Lo que necesitamos es ejemplos de humanismo, de más jefes convirtiéndose en líderes, más del lado del servicio, que sirviéndose. 

La fortaleza sin compasión se vuelve tiranía. La fragilidad consciente, en cambio, es el principio de una nueva fuerza: la que no busca dominar, sino servir.

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