“El 23 de mayo tu hermana cumpliría 50 años”, me dijo mi madre luego de darle un sorbo a su café. Guardé silencio. El tema de mi hermana mayor siempre ha sido complicado para mí.
“¿Tienes alguna foto de ella?”, le pregunté. Sus ojos se cubrieron de tenues lágrimas y su voz se quebró. —No. No tengo. Todo se quedó en la fábrica y, luego del divorcio con tu papá, no volví a tener acceso a ese espacio.
“Yo creo que por eso tú eres así. Yo nunca pude vivir el duelo, porque Dios me llenó de hijos. Cuando estaba en el hospital, luego del accidente, nadie me decía nada, pero yo tenía la esperanza de tener a tu hermana en mis brazos de nuevo. Al final me dijeron que murió… y tú estabas en mi vientre. Quizá fuiste tú quien absorbió toda esa tristeza.
Seguimos charlando y descubrí que mi madre había tomado una serie de charlas sobre tanatología; ella buscó por sus propios medios la forma de salir de la vorágine que es perder a un hijo. “¿Sabes que tu papá y yo nunca hablamos de la pérdida? Yo deseé por años hacerlo, pero ya lo conoces…” ¿Cómo es posible?, pensé. Si no hablaron de ello, supongo que tampoco hubo abrazos de consuelo.
Los demás hijos fuimos llegando y ocupamos, con nuestras individualidades, la mente y el corazón de mi madre. Hoy tenía ganas de llorar. De compartir lo que su noble corazón ha cargado durante décadas. Pensar que mi madre caminó con la negación, la desesperación, la falta de comunicación, la culpa, la depresión, la negociación…
Y todo eso mientras sostenía en sus brazos a cuatro hijos más. Cincuenta años después, mi madre aceptó la muerte de su hija. Fue un suceso que la marcó. En su proceso de transformación encontró propósitos profundos para su vida. Ahora entiendo la resiliencia y la fuerza con la que vivió tantos años, mientras sus hijos crecían, llegó el divorcio, luego las bodas, luego los nietos.
Mi madre se despidió porque tenía su clase de Biblia en la parroquia cercana a su casa. Subí corriendo a mi oficina y comencé a escribir lo que lees. Soy hijo del duelo. Nací en una guerra emocional que mi madre luchó sola. Y mientras peleaba por no derrumbarse, educó, bañó y llevó al colegio a sus cuatro hijos. Me dijo que ahora estaba en paz. Que su vida, ya en solitario, era buena y tranquila. Lo sé. La he visto.
¿Cuántos hijos del duelo andamos por ahí caminando, sintiéndonos extraños, melancólicos, cargando alegremente tristezas que nunca vivimos, que solo sentimos? Y aun así avanzamos, amamos, tratamos de construir.
Ahí está mi madre. Que se sanó con los años, cuando pudo, entre los cumpleaños de sus hijos vivos, entre las piñatas de sus nietos. Entre las lágrimas de la felicidad… también cayeron lágrimas de tristeza. Quizá mi madre caminó la vida herida… y le sobró fuerza para salvarnos.
¿Cuántos hijos del duelo seguimos por aquí, sin saberlo? Sin entender que la receta del tiempo para curar las heridas es haciéndonos olvidarlas.
Es probable que en la mayoría de las familias suceda esto. Al final, el único manual para sobrevivir a la pérdida de un hijo se llama vida. Al final, la vida es un duelo. Pero como hijos del duelo tenemos una ventaja: Nacimos con la pérdida. Nos construimos en la incertidumbre. Cruzamos caminos sin señalamientos. Y eso, en el mundo de los vivos, significa vivir. Y es justo a eso a lo que la mayoría le tiene miedo.
Nosotros no. Porque somos los hijos del duelo.


