Debo confesar que a veces disfruto de la televisión cultural, esa de documentales sobre naturaleza o historia que sacan un poco el lado -nerd- que tengo. Una noche me encontré viendo un reportaje sobre la Reserva Natural de Lope, en Gabón, país ubicado en la costa oeste de África Central, y las especies que allí habitan, entre ellas, los mandriles. Así que decidí ver que me contaban sobre estos peculiares animales
Una sección del documental se centraba en los hábitos reproductivos de estos coloridos primates y los rituales que siguen para encontrar apareamiento. Los machos caminan detrás de las hembras emitiendo sonidos, mostrando los dientes y tratando de establecer dominancia. Ellas, por su parte, mueven sus callosidades isquiáticas —es decir, sus nalgas—, y así inicia el juego del cortejo. De pronto algo captó mi atención. ¡Ah, claro! Los humanos hacemos lo mismo.
Si nos detenemos a observar grupos de personas, hoy, en el 2025, especialmente en ambientes de socialización como fiestas o antros, veremos meneos de cadera y juegos de poder entre “machos” y “hembras”, al menos en sus versiones más tradicionales. Los mismo sucede en la playa y hasta en las universidades y oficinas. Esto ha sido cierto a través de la historia y el ritual de apareamiento parece no haber cambiado tanto, excepto por un pequeño cambio… un cambio que revoluciona el ritual y nos separa como especie: el beso.
Los humanos somos la primera especie que puede aparearse de frente. Aunque el Kamasutra pueda sugerir que esa postura no es la más práctica, ni la correcta, la realidad es que verse a los ojos y besarse como punto inicial de conexión es, en mi opinión, un gran acto de rebelión frente al resto de las especies primates.
Los ojos, se ha dicho, son el espejo del alma. Y el beso es, en muchos sentidos, el puente. Cito aquí un fragmento de mi libro Los Besos de la Vida:
“Siempre he sentido que el beso es la conexión inicial, la puerta de entrada a todo lo que el cuerpo necesita expresarle a ese ser que ha decidido estar totalmente cerca. Nos volvemos vulnerables cuando besamos a las personas que deciden compartirse, como si el beso fuese una especie de interruptor que, al encenderse, dejara caer los velos que usamos para protegernos del mundo. Los besos se convierten en el inicio del camino, del recorrido que nos lleva a crear las grandes historias de amor o los momentos efímeros de los encuentros ocasionales.”
Nuestra especie se rebeló contra el gran orden primate, una revolución de intimidad y conexión. Hemos dejado atrás a nuestros ancestros neandertales y australopitecos y hemos iniciado una gran gran transformación existencial con un pequeño pero poderoso acto: besar.
Una revolución que no se dio con armas, ni violencia…Sólo bastó un beso.


