He aprendido a través de los años y de mi trabajo como servidor público, político, pero sobre todo, como integrante de una familia donde los gestos, pequeños, medianos o inmensos han sido parte de mi vida. Eso cambia la forma de entender el mundo y nuestras relaciones personales y profesionales.
Con el tiempo, entender de esa forma la vida, me llevó a saber que los grandes cambios no llegan con discursos sino con gestos: una mirada que pide disculpas, un apretón de manos que regenera o incrementa la confianza, un «gracias», que están tan ausentes en estos últimos años. En el caso de la política, donde ahora parece más una puesta en escena donde se compite por ganar el premio a la arrogancia, caerían muy bien estos cambios de actitud.
He visto grandes políticos que logran más caminando una colonia y escuchando, que gobernadores inaugurando obras millonarias. Vi tantas veces a mi abuelo tender la mano, saludar, sonreír, ayudar, he visto a mi familia hacerlo miles de veces. Recordemos que un gesto de empatía, de ponernos en los zapatos del otro, puede ser mucho más benéfico que encuestas sondeando quien cae menos mal en una contienda política.
Vivimos en tiempos donde se confunde debilidad con cortesía y autoridad con soberbia. No olvidemos que el poder de los gestos pequeños está en recordarnos que todos somos parte de lo mismo. Si volvemos a mirar al prójimo con humildad y respeto, crearemos mejores comunidades y créeme que nos sentiríamos mejor como personas.
Recuerda que no hay acto político más profundo que el respeto. Sabemos que eso no cambiará el mundo en un día, pero te hará sentir mejor. Así se empieza. Así se crece, así creamos comunidades sólidas y participativas. Vivamos para servir.


