“El ring es un templo, y cada combate, una ceremonia.” — Hijo del Santo
A mis primos Jack y Edgar. A mi tío Junior. A mi papá. A mi hermano César. A la memoria.
De las historias más relevantes de convivencia con mi padre, la Lucha Libre se lleva el primer lugar. Ir los domingos a la Monumental (Monterrey/Lorenzo Garza) se convertía en el mejor premio que la vida podía darme. Lo mejor era la compañía: mi tío Junior y mis primos Edgar y Jack. Éramos el mejor quinteto. Al finalizar la función, mi tío y mi padre se acomodaban en una de las barras de servicio y se tomaban un par de cervezas, mientras que nosotros corríamos a buscar al vendedor de los “monitos” de luchadores. Coleccionarlos era un agasajo.
Pasó el tiempo y hace casi 20 años, tenía una columna editorial en un periódico local y escribí un texto titulado: el paroxismo del catch. Y no era otra cosa que mi interpretación simple del ensayo del francés Roland Barthes “El mundo del catch” en su libro, “Mitologías” a través de mi experiencia como niño, luego como aficionado. Han pasado otros 20 años de esa primera aproximación.
La nostalgia nos seduce, nos engaña, buscando crear lazos de consumo y conversaciones. Uno de esos días, un contenido en youtube me señaló frente a los demás algoritmos y ahora en toda plataforma soy invadido (no atacado) con reseñas, entrevistas, luchas históricas y muchos podcasts de luchadores o ex luchadores hablando del tras bambalinas.
El quid del asunto está en la proliferación de conversaciones fuera del cuadrilátero. De pronto, lo importante no es la lucha sino quienes encarnan a los personajes. “Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve.” Dice Barthes, al inicio de su ensayo.
La gloria de este sistema de narraciones es tan efectivo porque le da sentido a la forma, sin necesidad de explicaciones. Creo que el éxito que envuelve a la Lucha Libre Mexicana es justo ese velo de misterio que florece en cada gladiador que sube al ring y demuestra sus poderes (acrobacia, técnica, velocidad, caracterización, guiones, aliados, enemigos).
Por desgracia, ahora aparecen una ristra de podcasts conducidos por luchadores o ex luchadores. Unos con mejor dicción y preparación que otros, quien sin querer y seguramente sin saberlo, crearon a través del micrófono otra arena. Una arena más humana que demerita lo sagrado. “el luchador de catch dispone de explicaciones episódicas (sobre el ring) pero siempre oportunas, que ayudan permanentemente a la lectura del combate por medio de gestos, actitudes y mímicas, no discursivas.
También hay que decir que dentro de todo esto, hay contenidos de periodistas y cronistas, “no luchadores” que elevan la calidad de la conversación, dándole la dimensión justa. Las entrevistas de luchador a luchador están llenas de sesgos, envidias y vendettas.
El micrófono solo es necesario para definir el día de las revanchas, para declarar justicia o inocencia entre los gladiadores sobre el cuadrilátero. El epítome máximo es cuando el gladiador pierde su máscara, descubre su rostro y da su nombre. Ahí empieza de nuevo el ciclo mágico de la Lucha Libre; el ascenso al Olimpo, el descenso al infierno.
Los luchadores tienen su mejor área de oportunidad en el ring, no frente a los micrófonos. Le quitan impacto a sus personajes. Se demeritan, se descubren y perciben humanos. Un aficionado a la lucha libre reclama la imagen de la pasión, insiste en que se presente la lucha del fin de los tiempos, el combate final a tres caídas (olvidándonos del “sin límite de tiempo”. Alguna vez en la infancia, llegué a pensar que era posible estar un día completo en la Arena viéndolos luchar sin que nadie interviniera).
La lucha libre mexicana es una experiencia única. Son símbolos, signos, simbolismos. La lucha libre es un Arte (¿el octavo?). Lo más cercano a un superhéroe son los luchadores y se les llamaba “ídolos”. Quiero seguir siendo aficionado, quiero sentir la catarsis y la expulsión de mis ángeles y demonios. Quiero contemplar desde la primera fila la batalla por la eternidad: el bien vs el mal. Rudos, técnicos, exóticos. Recuerda, el luchador, lucha y solo ocupa su voz cuando declara la guerra.
PD: Ojalá existiera una máquina del tiempo que me llevara de nuevo a la Monumental Monterrey. Pero esta vez, seríamos mi hermano y yo quienes sujetamos a papá. Caminaremos juntos hasta la primera fila para gritar y reír, desfogarnos, desenmascarar al tedio, al miedo y al estrés. Al finalizar la función nos sentaremos en la misma barra y tomaremos una cerveza. Antes de irnos, —porque papa tiene que dormir—, haremos el conteo a ras de lona: uno, dos, tres… la vida ha ganado.
—Luis M. Osorio


