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El disfraz del Imperialismo

Un amanecer que desnuda las intenciones

En las primeras horas del 3 de enero de 2026, el mundo fue testigo de un nuevo capítulo en la larga saga de la política exterior estadounidense cuando fuerzas norteamericanas atacaron Venezuela, capturando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa en una operación militar rápida. El presidente Donald Trump, en una conferencia de prensa desde Mar-a-Lago, no perdió tiempo en revelar las verdaderas apuestas: “Vamos a hacer que nuestras muy grandes compañías petroleras estadounidenses… entren, inviertan miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura petrolera gravemente dañada y comiencen a generar dinero para el país”. Incluso sugirió que Estados Unidos “administraría” Venezuela temporalmente para “hacer que el petróleo fluya”, con empresas estadounidenses explotando las mayores reservas probadas de crudo del mundo, que representan el 18% del suministro global.


Democracia como pretexto, recursos como objetivo

Aunque la administración enmarcó la acción como un acto de justicia contra el supuesto narcotráfico de Maduro y de defensa del “estado de derecho”, el énfasis explícito en la extracción de petróleo expone un patrón familiar: las intervenciones estadounidenses en el extranjero, a menudo disfrazadas con la noble retórica de promover la democracia o combatir la tiranía, han servido repetidamente para asegurar ganancias económicas para los intereses estadounidenses, desde el petróleo hasta los metales preciosos.

Este no es un incidente aislado, sino un tema recurrente en la historia estadounidense, donde las invocaciones a los ideales democráticos ocultan motivaciones impulsadas por los recursos. Los críticos han argumentado durante mucho tiempo que tales acciones socavan la estabilidad global y la credibilidad de Estados Unidos, generando resentimiento y ciclos de violencia. Los defensores contrargumentan que estas intervenciones avanzan genuinamente la libertad y la seguridad, pero la evidencia sugiere lo contrario, especialmente cuando los países objetivo son ricos en commodities como petróleo, oro o minerales que alimentan el dominio económico estadounidense. Al examinar casos históricos, incluido la crisis actual en Venezuela, queda claro que la caja de herramientas de la política exterior estadounidense ha priorizado con demasiada frecuencia el beneficio sobre los principios.


Lecciones de las “Guerras Bananeras”

Consideremos las “Guerras Bananeras” del siglo XX temprano, una serie de incursiones militares estadounidenses en América Latina supuestamente para proteger a ciudadanos estadounidenses y promover la estabilidad. Entre 1898 y 1934, los marines ocuparon países como Honduras (varias veces entre 1903 y 1925), Nicaragua (1912-1933) y Haití (1915-1934), donde las intervenciones salvaguardaron los intereses de corporaciones como la United Fruit Company. Estas acciones se justificaron bajo el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, que posicionaba a Estados Unidos como policía hemisférico para prevenir la interferencia europea, pero en la práctica aseguraron acceso barato a recursos agrícolas y reprimieron disturbios laborales que amenazaban las ganancias. El resultado: décadas de regímenes títeres y explotación económica, con poco progreso democrático duradero.


Guerra Fría: golpes, petróleo y poder

Avancemos a la era de la Guerra Fría, cuando el anticomunismo se convirtió en la justificación predilecta para cambios de régimen, a menudo superponiéndose con apropiaciones de recursos. En 1953, la CIA orquestó el derrocamiento del primer ministro iraní democráticamente elegido, Mohammad Mossadegh, después de que nacionalizara la industria petrolera del país, previamente dominada por firmas británicas y estadounidenses. La operación, con nombre en clave Ajax, instaló al Shah, asegurando el control occidental sobre vastas reservas de petróleo hasta la revolución de 1979. Un año después, en Guatemala, las reformas agrarias del presidente Jacobo Árbenz amenazaron las propiedades de la United Fruit Company, provocando un golpe respaldado por Estados Unidos.

Documentos internos revelan que decisores clave, incluido el secretario de Estado John Foster Dulles, tenían vínculos con la compañía, mezclando codicia corporativa con fervor ideológico. De manera similar, en Chile en 1973, Estados Unidos apoyó el derrocamiento del presidente socialista Salvador Allende, cuya nacionalización de las minas de cobre vitales para las industrias estadounidenses chocaba con intereses económicos. La dictadura de Pinochet que siguió trajo represión, no una democracia robusta.


Del humanitarismo retórico a las guerras por recursos

El período posterior a la Guerra Fría ha visto evolucionar este patrón, con justificaciones “humanitarias” y de “promoción de la democracia” invocadas cada vez más para intervenciones en regiones ricas en recursos. La invasión de Irak en 2003, vendida como una misión para eliminar armas de destrucción masiva y liberar al pueblo iraquí de la tiranía de Saddam Hussein, ha sido ampliamente criticada como motivada por el petróleo. Irak posee las quintas mayores reservas de petróleo del mundo, y los contratos post-invasión favorecieron a firmas estadounidenses como Halliburton. Estudios muestran que las guerras civiles en naciones productoras de petróleo son hasta 100 veces más propensas a atraer intervenciones de terceros por parte de potencias dependientes del petróleo como Estados Unidos. En Libia en 2011, los ataques liderados por la OTAN apoyados por Estados Unidos derrocaron a Muammar Gaddafi bajo el estandarte de proteger a civiles y fomentar la democracia. Sin embargo, el país, con las mayores reservas de petróleo de África, descendió al caos, con potencias extranjeras compitiendo por contratos energéticos en medio de una guerra civil continua.


Venezuela: el patrón se repite

Venezuela encaja perfectamente en este molde, combinando el imperialismo de recursos de antaño con maniobras geopolíticas modernas…


Democracia, retórica y realidad

Los defensores de la política estadounidense argumentan que promover la democracia es un imperativo estratégico genuino… Si Estados Unidos realmente valora la democracia, debería priorizar el compromiso diplomático… La intervención en Venezuela puede asegurar ganancias a corto plazo, pero la historia advierte de costos a largo plazo medidos no en barriles de petróleo, sino en confianza perdida y conflicto interminable.

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