En mi infancia, allá por la década de los ochenta, recuerdo que al caer la noche, luego de hacer tarea, comer, ver Mazinger Z, y patear la pelota con los amigos, nos reuníamos un grupo de tres, cuatro personas al ras de la banqueta: era el momento más importante del día.
Recuerdo felizmente que no estábamos atados a las pantallas ni a los likes, se trataba de risas, de aventuras, de construir historias…
Nuestra pequeña cofradía levantaba sesión para escuchar la historia del día. Normalmente de fantasmas y apariciones, que el pariente de alguien se topó con el diablo en el monte…
Tenía una vecina, que no era vecina, era nieta o sobrina de unos vecinos, pero por cuestiones de la vida, ella y su hermano, pasaban mucho tiempo en esa casa. Al final, niños, buscaban -buscábamos- distendernos.
La dinámica era más o menos así: ella nos convocaba a su hermano, a mí y seguramente a otro primo de ellos, nos sentábamos en la banqueta y comenzaba el relato.
Me contó mi tío… era como regularmente comenzaban esos momentos de imaginación pura y de sensaciones únicas.
A eso de las nueve, nueve y media, aparecía la voz de mi madre pidiéndome entrar a la casa, porque la cena estaba servida y seguramente había tarea por terminar.
Me despedía de estos amigos y al día siguiente continuábamos con las historias.
40 años después -cayó la bomba-, encuentro que las historias las encuentras en todos lados, pero a los niños ya no les interesan.
Ahora los niños y los adultos, exploran las historias de otras formas. Prefieren las narrativas de los videojuegos, prefieren ver, más que imaginar. Buscan que les transfieran el conocimiento y las experiencias a través de otros interlocutores. ¿Dónde ha quedado el acto mágico de imaginar sin intermediarios?
Estamos en la época dorada del storytelling, pero cada vez menos personas son capaces de contar y de tener historias.
La generación a la que pertenezco disfrutó de los últimos resquicios del mundo templado. Con los años, llegó la invasión de las pantallas y los teléfonos inteligentes y sin darnos cuenta, ellos tomaron el control.
Deseo con ahínco que tú, querido lector(a) vuelvas a esas banquetas, te congregues, te disperses de la dispersión que crea la atomización de la información y las narrativas de vida digitales y vuelvas a tu niñez y te sorprendas y recuerdes lo hermoso que es sorprenderte, imaginar, sonreír.
Sé que estoy imaginando mucho, pero al menos no me quedo con la historia, es más, ven, siéntate a mi lado, ahora sigues tú, anda, cuéntanos aquella historia que te hizo feliz cuando niño…
Corolarios.
- 1. El promedio de atención humana cayó de 12 segundos a 8… y descendiendo. ¡Estamos desconectados!
- 2. Estudios de neurociencia han demostrado que escuchar historias activa regiones del cerebro relacionadas con la emoción y la memoria de manera más profunda.
- 3. Los niños que crecen escuchando historias generan mejores habilidades de lenguaje y creatividad.
- 4. El campfire storytelling retreats está creciendo en Estados Unidos y Europa.
- 5. De ir, ¿quiénes iríamos?