Appstinencia

El origen de la palabra

Apareció la palabra mientras leía un periódico en línea. Resonó en mi: “appstinencia”. Respiré hondo y seguí leyendo.
A los días, la palabra seguía rondando en mi mente… no para de repetirse. ¿Qué intentaba decirme? Fui al teléfono y comencé a borrar apps. Esas que tenía ahí esperando su momento de usarse, las que usé una vez, las que nunca usé y no sé la razón por las que las descargué. Luego las que no era necesario tenerlas en el teléfono, en el iPad, en la computadora.

De pronto había borrado más de 20 apps, quizá 30, no lo sé. Pero me sentí satisfecho. Había logrado algo importante: ponerle un alto a esa obsesión por descargar cualquier aplicación que te promete solucionarte algo de tu vida. No es verdad, no es cierto. Ninguna soluciona nada, todas son interfases entre nuestra realidad y el mundo en el que vivimos.

Luego del catártico momento, la palabra no se diluyó en el transcurso de los días, al contrario. Pensé que me había deshecho de ella, pero solo vino a repercutir más.
Appstinencia, escucho en mi interior, appstinencia, susurra con delicadeza mi conciencia mientras analizo algún dato o ingreso a una red social a monitorear comportamientos, pautas o para enterarme de las tendencias de contenido o de nuevos creadores.

Lo que parecía una especie de zumbido, se transforma en una sugerencia de plan, como si fuera esa voz profética que te avisa que algo importante se avecina. Appstinencia, continúa repitiéndose en mi mente como un eterno loop que me recuerda el final de la novela “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke.

Pasan los días y trato de romper el código y descifrar el mensaje. Vuelvo a descansar y me olvido de la palabra porque entramos en la época de las fiestas decembrinas. El mundo olvida los dispositivos y vuelve a las rutinas pre-pandemia. Las calles se saturan de clientes buscando regalos, comida; el mundo vuelve a lo suyo, al marasmo, a ese lugar en el que muchos crecimos.

Ahora entiendo: appstinencia es la rehabilitación de nuestros valores y cómo los priorizamos. Appstinencia es alejarnos de lo banal o superfluo y tomarnos en serio.

Quizá ese fue el verdadero momento del Efecto Mandela de nuestra era: esa disonancia entre el recuerdo de una vida donde la comunicación era tangible, donde las experiencias eran reales, pero parece que quedaron (como un mensaje no enviado) en una línea de tiempo distante. La appstinencia es la lucha contra el algoritmo.

Se trata de la higiene digital. De cuidarnos al 100%, de agazaparnos en lo que pasa la lluvia de tentaciones de soluciones para problemas inventados. Appstinencia significa dejar de mirar la pantalla, para comenzar a observarla y decidir qué es en realidad lo que necesitamos de ese mundo que a paso veloz y agigantado quiere desplazar el mundo en el que fuimos felices. Porque ahora, nadie puede negar que descubrimos que la felicidad es entre humanos, no entre pantallas que se dedican a tergiversar nuestras emociones y pensamientos.

Te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que sentiste una alegría genuina que no dependiera de una señal de Wi-Fi?


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