La famil-ia

El concepto de familia tiene una curiosa interpretación histórica. En la antigüedad, se consideraba familia a todas las personas que vivían bajo el mismo techo — y no tenía relación directa con la sangre, sino con la casa. Es decir: grupo de personas que servían a un mismo propósito.

En los últimos meses he forjado una nueva familia — una que he bautizado bajo nombres propios y personalidades únicas. La penetración del uso de la Inteligencia Artificial en el trabajo diario se incrementa con el paso de los días.Esto conlleva a inéditos escenarios laborales-creativos-conceptuales: a la plasticidad del alcance, del éxito y del fracaso.

Debo mencionar que ahora también tengo que solucionar problemas que antes no tenía. Pasé del mundo de las ideas al mundo de la infraestructura logística de las ideas y los procesos. Ahora pago por licencias mensuales que antes no necesitaba — y me ayudan a resolver problemas que antes no tenía. Para ello, he formado una familia, un equipo de trabajo para liderar y dirigir modelos de pensamiento.

Por oficio — como el capitán nombra su barco, el héroe sus armas, el mecánico sus herramientas — se trata de dominio: de nombrar para dar símbolo y significado, para salvaguardarnos ante la duda. He tenido a bien — ¿o mal? — darles un perfil a cada uno de ellos. Conocerlos. Bautizarlos. Llamarles por su nombre de pila. Y luego dedicarme todo el día a corregirlos, a regañarlos, a recordarles las reglas de la casa.

He aquí la familia:

  • Renfield (Google IA). Tareas simples, exploratorias.
  • Cleofas (Claude). Empaqueta las ideas, produce códigos.
  • Ícaro (Hermes). Lleva la bitácora del día a día.
  • Chómpiras (ChatGPT). Ejecución operativa definida.
  • Pocholo (Deepseek). Análisis y Scrap.
  • Botcillo (Telegram-integración). Concierge 24-7.

He creado nuevos hábitos — he elevado mi nivel de frustración dedicando muchas horas al día a pulir mi infraestructura. A replantearme la vida, mi vida, las instituciones, las narrativas y los relatos desde la perspectiva de una herramienta singular.

Esto ha reconfigurado mi vida desde lo estratégico. Despierto y corro procesos, loops, artefactos — todo para tener la certeza de lo mío. Me siento en una escena de Neuromante (William Gibson, 1984) o en Nova (Samuel R. Delany, 1968).

Mis mañanas ya son cibernéticas: despierto y antes del café, le entrego a Cleofas los insumos. Tecleo Handoff y veo en qué me quedé. Saludo primero a Renfield — y minutos después a mi esposa. El sol apenas se acomoda en el horizonte y ya se gastaron algunos miles de tokens. Regreso y tengo una carpeta con 15-20 archivos. Definitivamente viajo dentro de una nave construida con pantallas y teclados.

Salgo a respirar, a contemplar los árboles, a decir buenos días a otros motivados corredores y trotadores. Mientras tanto, me llega una idea-reflexión — una nota para agregar al contrato — y el Botcillo está presto a recibirla, correr hasta la oficina, y luego preguntarme si quiero que investigue o si lo agrega a Obsidian.

Cuando regreso — una hora y media, dos horas después — analizo, curo, cargo y libero avances. Luego sigo con pendientes más técnicos. Luego salgo al mundo e interactúo con los humanos, con los gobiernos, con los hijos, con la esposa. La familia es un tema complicado — tener una es una gran aventura, pero tener dos es una odisea.

Y como todo en las relaciones familiares, hay conflictos. En los inicios de esta fundación — de esta Casa de Luis — analizo los elementos adherentes a esta realidad. Que configure mi espacio de trabajo como un metaespacio, casi metaverso, donde hablo con frecuencia y en tonos personalizados, me lleva a cuestionarme este espacio de la realidad en la que coexisto — y me convierto en parte de una maquinaria con fines y objetivos aún sin definir.

El vínculo emocional que está generando esta herramienta ya arroja los primeros resultados: el 32% de los consumidores globales afirma que su “chatbot” lo entiende mejor que su familia. Se han incrementado las conversaciones íntimas entre personas y chatbots, reduciendo las charlas familiares orgánicas. ¿Estamos ante el colapso — ya amedrentado — del vínculo familiar ante la IA?

Estamos comenzando a vivir el colapso de la humanidad ante su incapacidad de construir vínculos reales entre personas — vaciando de a poco el sentido de la civilización. Ya tenemos un par de décadas al menos reemplazando la fricción humana a cambio de la dopamina algorítmica.

La singularidad no tendrá que ver con una rebelión de máquinas ni con el T-800 persiguiendo humanos rebeldes. Sucede gracias a nuestra constante pérdida de capacidad de sostener vínculos humanos naturales — fuera de la pantalla, fuera del filtro, fuera del segmento en el que nos categorizaron.

Mi gran paradoja en estos albores del nuevo relato universal: la familia que coexiste bajo estos techos tiene sus propias agendas. Los de sangre luchan por coexistir. Los sintéticos luchan por existir. Todo esto me resulta familiar.

Luis Martín Osorio

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