Seguimos en la cresta de la ola. Entre las definiciones de lo que es y no es la Inteligencia Artificial en su sentido concreto. Como todo en esta vida, esta «herramienta» es fondo y es forma: para unos es novedad, para otros es el pilar, la pieza que faltaba para la trascendencia, y para otros, una oportunidad de delinquir.
En el análisis del día a día sigo viendo una herramienta que reposa sobre su verdadero origen: infraestructura. En términos concretos, la IA es ese commodity que dará soporte al desarrollo de los próximos «humanos».
Perdón por el giro tan «sci-fi», pero es ahí donde terminaremos. Parafraseando a Mustafa Suleyman en La ola que viene (Debate, 2023): “El descubrimiento del fuego, la invención de la rueda o el control de la electricidad fueron instantes que transformaron la civilización humana y alteraron el curso de la historia para siempre.”
¿Por qué la IA como objeto?
La IA es un objeto porque nunca ha sido una extensión de tu voluntad. Es una estructura que está reorganizando nuestro lugar dentro del sistema. Y en esa reorganización hay una dicotomía inevitable: no todos acceden igual, no todos entienden igual, no todos sobreviven igual.
Estamos en un proceso de adaptación de las lógicas de productividad humana, de creatividad, de sentido. La inteligencia artificial es — sin necesidad de satanizarla — el nuevo relato de la humanidad.
Pero el problema no es la tecnología. Es lo que creemos que es.
Le estamos asignando tareas dentro del imaginario colectivo. Y el derecho a preguntarle no implica nuestra capacidad de entenderle.
Quizá el problema es de forma. Porque quienes tratan de evangelizar, en realidad están siendo exorcizados.
Permíteme desarrollar la idea.
Todo depende del tipo de usuario que seamos, pero una mayoría sigue operando desde la novedad. Aunque se utilice la IA todos los días, los alcances de esas exploraciones están limitados por la capacidad de extender el conocimiento.
La IA como herramienta, por tener acceso a la información, no implica que el usuario haga un uso correcto de ella.
Voy al lugar común de donde surge esta reflexión: el scroll en Instagram. Un sinfín de carruseles anunciando las bondades y la magia de la IA. “Conéctala aquí, conéctala allá, usa este truco, usa este prompt, exprímela al máximo. La IA te enseña idiomas, te dice cómo hacer tal cosa, te guía, te asesora, te produce.”
Pero hay aquí una falacia, una alucinación profundamente humana: pensar que todas esas bondades son, por sí mismas, plausibles. La herramienta no te hará mejor profesional si no lo eras antes. Usar la IA con fines de un serio divertimento no garantiza que hoy seamos mejor en lo que hacemos.
La herramienta exige tu propia curación. Necesitas saber qué preguntas, para qué lo preguntas y cuál es el alcance que esperas. En realidad, muchos de esos usuarios —cualquiera de nosotros—, podemos operar desde el sesgo de la oportunidad.
En algunos grupos relacionados con el tema es común leer a personas buscando asesorías sobre cuál o dónde encontrar la IA que les dé “gratis” más vistas, más contenido, más, más, más…
Toda esta comunidad desenfrenada, convencida de que podrá lucrar con este desarrollo, en realidad está siendo uno de los millones de entrenadores que permiten a los modelos de inteligencia artificial aprender a ejecutar más tareas.
Las quejas de usuarios de paga, así como las de grandes corporaciones que han cancelado sus licencias por exceder sus límites de gasto, son indicios de la realidad de esta tecnología.
En esta etapa de la ola apenas alcanzamos a ver su altura. Poco a poco, cuando comience a descender, veremos los daños y los aciertos: las brechas, las áreas de oportunidad, las legislaciones, la contención.
¿Por qué entonces es un objeto en función de este texto?
Porque esos usuarios, —creyendo que están teniendo una ventaja—, en realidad están siendo los primeros sacrificados en el reacomodo de las jerarquías.
La IA no es una varita mágica. No es la panacea para quienes no sabían de ella sino hasta hace un año. Esos grandes entusiastas, sin estructura, corren el riesgo de quedar relegados.
La IA como objeto es, entonces, una reflexión sobre las creencias de un usuario que aún no comprende los alcances reales y objetivos de esta infraestructura que se expande a través de la vida, los negocios y las sociedades. Ten mesura. Que la alucinación sea de la máquina, no tuya.
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