La música crea solidaridades, a veces inesperadas…
Mario Cancel-Bigay
Ayer, durante el show del medio tiempo del Súper Tazón LX, sucedió lo que no esperábamos pero se sentía inevitable. La expectativa era altísima; el mundo dividido entre los que no tenemos interés en estos eventos masivos y los que viven para ese espectáculo.
Yo estaba del lado escéptico: ¿Bad Bunny? ¿Por qué el reguetón?, habiendo miles de artistas, ¿por qué él?
Pero el techo de cristal colapsó. Ante la falta de un “show” deportivo in situ (el juego en sí), el mundo se entretuvo con algo más trascendental. Ver un Super Bowl y que el show que representa el Star System fuera entendido sin filtros culturales, redefinió geopolíticamente por 13 minutos el concepto de América ante más de 130 millones de espectadores. ¿El idioma como boicot?
Coloco su show como el primero en la historia de estos eventos en abrir la puerta a una narrativa que se encamina a metarrelato para el mundo: los latinos existen y América es el continente, no solo un país.
La narrativa de los 13 minutos de espectáculo fue contundente. Cada plano, cada secuencia, cada personaje (encarnado por bailarines, actores, activistas y comunidad) tuvo un peso sólido. Hoy más que nunca se trató de “otra cosa” teniendo como excusa la música.
No recuerdo uno de estos eventos que fuera tan político, tan metapolítico. Todos entendimos, más allá de si se domina el idioma. Ayer sucedió algo único: un acto coral a nivel global, con más de 130 millones de personas sintiendo lo mismo. He escuchado a lo largo de mi vida que el arte no necesita explicación, y ayer se cumplió.
Todos tuvieron que pensar fuera de la caja. ¿Qué cantaba Bad Bunny? Incluso los mismos latinoamericanos batallamos para entenderlo a veces; pero él no estaba ahí para ser entendido, sino para ser escuchado como un símbolo. Representa una versión amplificada del “sueño americano”, un relato que murió hace tiempo.
Benito (nombre de pila del Conejo Malo) hizo arte a través de un microrrelato vinculado a su música. Pero no solo eso, no fue el único que se lució: llevó refuerzos, llevó rostros, almas, identidades; cargó con comunidades enteras. Por primera vez en mucho tiempo, un cantante unió a millones.
Insisto, la música y sus éxitos eran lo de menos; la mayoría no esperábamos nada de eso. Fue la actitud, fue la “otra historia” que contó, evidenciando una nueva realidad.
El Aprendiz y el Maestro
Benito abrió otra arena de combate. Donald, por fin, encontró un rival que, como él, juega otro juego y bajo sus propias leyes desarma a los oponentes. Benito es el aprendiz. Así como Donald irrumpió hace años en la escena del mainstream como un personaje subversivo, diferente, soez e intenso —marcando el rumbo de una nueva cepa de políticos—, hoy Benito es el aprendiz más aventajado.
¿En qué se parecen estos dos antagonistas? Ambos abanderan “guerrillas culturales”: MAGA vs. Make PR Great Again. Ambos radicalizan a millones saltándose medios tradicionales y hablando directo a sus bases —uno en Truth Social, el otro en WhatsApp/Instagram. Son dos outsiders que ejecutan el populismo mediático: Donald desde agravios nacionalistas; Benito desde la identidad cultural. Uno habla de formas, el otro de fondos.
Ayer quedó claro que el “Aprendiz” aplicó nuevas jugadas al maestro, el mismo que escribió un libro sobre cómo negociar. Por 13 minutos, Donald perdió su capital más importante: la atención, la moneda de cambio más valiosa en tiempos atomizados.
Pero hay más. Lo de Benito no es casual. La NFL es una oligarquía. Ayer recordé un capítulo de Billions donde Bobby Axelrod —con todo el dinero y poder del mundo— intenta comprar un equipo de la NFL (The Oath). Es rechazado.
Un personaje de esa temporada, Sanford Bensinger, filántropo de viejo linaje, le dice sin filtros: “Sports franchises are how we knight people in this country, and you’re not royalty. You’re a robber baron.”
Pensé en aquel capítulo y una similitud entre Axelrod y Trump. ¿Por qué les harían esto? La realidad cruda: en Estados Unidos, la propiedad de franquicias deportivas no es solo un activo financiero — es un título nobiliario. Es la forma en que América “caballeriza” a sus élites. Y el dinero solo no es suficiente.
La NFL ha rechazado históricamente a Donald Trump. Durante más de 30 años, Trump intentó comprar un equipo de la NFL. Lo intentó con los Baltimore Colts en 1981 (rechazado). Lo intentó con los New England Patriots (rechazado). Lo intentó con los Buffalo Bills en 2014 (rechazado). En cada ocasión, los dueños de la NFL lo consideraron un “boorish sleaze” —un patán vulgar— y le cerraron la puerta.
Después de su rechazo en 2014, Trump le dijo a Stephen A. Smith: “Si me joden, se los voy a devolver. Voy a postularme para presidente de Estados Unidos”. Y lo hizo.
La NFL rechazó a Trump por la misma razón que Bobby Axelrod fue rechazado en Billions: no encajaban en el perfil de la aristocracia deportiva. Eran demasiado ruidosos, demasiado controversiales, demasiado nuevos ricos. La NFL no es solo un negocio — es un sistema de legitimación social. Y estos dos hombres, a pesar de su riqueza y poder, nunca fueron considerados dignos de ese honor.
Ayer, la NFL rompió ese consenso conservador. No por convicción moral, sino por supervivencia institucional. Los números son implacables: 19% de Estados Unidos es latino y creciendo. La audiencia joven se fugó a TikTok, plataformas donde la NFL no existe. Bad Bunny no fue solo apuesta política — fue cálculo de mercado puro.
La oligarquía de los dueños entendió algo brutal: Trump dejó de ser un activo. Ya no mueve las demografías que importan (jóvenes, latinos, mujeres). Ya no controla la atención; solo la dispersa. Benito, en cambio, concentró 130 millones de miradas en 13 minutos. Eso es poder puro, medible, monetizable.
La NFL no está “cansada” de Trump por razones éticas. Está cansada de que Trump ya no sea rentable para su modelo de negocio. Y si algo define a esa liga, es su instinto de supervivencia. Durante décadas, la NFL protegió su “pureza” cultural rechazando a cualquiera que no encajara en su visión conservadora de América. Pero ayer, la demografía venció a la ideología.
Le dieron permiso a Benito porque representa el futuro demográfico inevitable de América. Apostar contra él era apostar contra el mercado.
Por eso, ayer, la partida la ganó el Conejo. Se agradece enormemente esta especie de mitin transpolítico. Las lecciones levantadas —y las cejas también— agregan un elemento que quizá ya estaba observado, pero que ahora debe contemplarse con mayor seriedad.
Lo político se desvanece cuando lo humano lo sobrepasa. Ayer, Benito hizo llorar a muchos. Cada set dentro del show contaba una historia, reforzada por la aparición de figuras como Lady Gaga y Ricky Martin.
Estos 13 minutos pasarán a la historia. No porque se haga un trend de bailes (que fácilmente podría suceder), sino porque espero que el trend sea discursivo; que se eleve el entendimiento de que este mundo hoy se desgarra con furia, que se cae a pedazos por falsas narrativas. Desde hace algunos años entramos en modo videojuego, pero es hora de apagar la consola.
Benito, el aprendiz, ha sido la bandera que representa el sueño de muchos. Su mayor fuerza (su superpoder) radica en que dejó de tenerle miedo a su esencia y a su origen. Por eso su mensaje final es cierto: “estoy aquí porque no dejé de creer en mí”.
Benito, no Bad Bunny, ayer se convirtió en un mensaje: es su nombre, su piel, su idioma, sus movimientos, los amigos que lo acompañaron, las historias relatadas en dos o tres segundos lo que dejó claro el mensaje: si no vamos todos, no va nadie.
Ahora bien, sobre lo que presenció el mundo ayer. Vivimos en sociedades de entretenimiento donde todo —incluso la resistencia— se consume como espectáculo. Trump lo demostró: transformó la política en reality show y gobernó como showrunner. La NFL lo monetizó: vende narrativas emocionales disfrazadas de deporte. Y Benito…
Porque aquí está la paradoja: Benito usó las herramientas del imperio para desafiar al imperio. Tomó el escenario del Super Bowl —el altar del capitalismo estadounidense— y lo convirtió en un manifiesto cultural. Pero lo hizo con el permiso de los mismos oligarcas que rechazaron a Trump por tres décadas. ¿Resistencia o Branding?
La verdad incómoda es que Trump, la NFL y Benito son tres caras del mismo dado: en sociedades de entretenimiento, quien controla la atención controla el relato. Ayer, Benito ganó esos 13 minutos. Pero la partida más grande —la que decide quién define qué es América— apenas comienza.
Pero si de algo sirvió ayer, fue para recordarnos que cuando sabes quién eres y estás dispuesto a demostrarlo, obligas al sistema a negociar contigo. Ayer fue el Conejo Malo. ¿Hoy quién? ¿Mañana…? La respuesta depende de cuántos más estemos dispuestos a dejar de ser audiencia y empezar a ser actor. El show continúa. La pregunta es: ¿seguimos viendo o empezamos a actuar?


