Hablar de salud mental en México ya no es una cuestión marginal ni un tema exclusivo del ámbito clínico. Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) revelan una realidad que obliga a mirar con mayor seriedad la depresión y el suicidio como problemas estructurales de salud pública, profundamente atravesados por desigualdades de género y por la forma en que la sociedad responde —o no— al malestar emocional.
Los datos más recientes disponibles muestran que la depresresión afecta a una proporción considerable de la población. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) 2021, el 15.4 % de las personas adultas en México presentó síntomas de depresión. Sin embargo, esta cifra promedio oculta una brecha significativa: casi una de cada cinco mujeres reportó síntomas depresivos, mientras que en los hombres la proporción fue menor.
Esta diferencia no puede entenderse solo como un asunto biológico; responde a contextos sociales marcados por la desigual distribución de cuidados, la violencia, la precariedad laboral y la carga emocional que históricamente recae sobre las mujeres.
Paradójicamente, cuando el foco se desplaza del malestar emocional a su desenlace más extremo, el panorama se invierte. En 2023, el INEGI registró 8,837 muertes por suicidio en el país. Más de ocho de cada diez de estas muertes correspondieron a hombres.
La tasa masculina de suicidio fue más de cuatro veces superior a la femenina, una diferencia que pone en evidencia una problemática distinta, pero igualmente urgente: los hombres mueren más por suicidio, aun cuando reportan menos síntomas de depresión.
Esta contradicción aparente revela un problema de fondo. Mientras las mujeres tienden a expresar con mayor frecuencia su malestar emocional, los hombres enfrentan barreras culturales que dificultan reconocer la depresión, pedir ayuda o acceder a atención oportuna.
Los mandatos de masculinidad, que asocian la fortaleza con el silencio emocional, siguen teniendo consecuencias mortales. El resultado es un sistema que detecta tarde, acompaña poco y reacciona cuando el daño ya es irreversible.
Las cifras también muestran que la depresión y el suicidio no son fenómenos aislados ni excepcionales. Se estima que alrededor de 34.8 millones de personas en México han experimentado al menos un episodio depresivo a lo largo de su vida. A pesar de ello, el acceso a servicios de salud mental sigue siendo limitado, desigual y, en muchos casos, estigmatizado.
La brecha entre la magnitud del problema y la capacidad de respuesta institucional continúa siendo alarmante.
Frente a este panorama, las estadísticas del INEGI no deberían leerse únicamente como datos técnicos o insumos académicos. Son un llamado a replantear la manera en que el país aborda la salud mental. La prevención del suicidio no puede desvincularse de la atención a la depresión, ni ambas pueden tratarse sin una perspectiva de género que reconozca las distintas formas en que hombres y mujeres viven, expresan y enfrentan el sufrimiento emocional.
México necesita pasar del diagnóstico estadístico a la acción pública sostenida.
Esto implica fortalecer la atención primaria en salud mental, ampliar el acceso a servicios psicológicos y psiquiátricos, combatir el estigma y construir políticas que hablen directamente a quienes hoy callan.


