A mano alzada: Góngora

Mi vida universitaria fue un festín. No de excesos, sino de posibilidades. Mi única obligación era aprender: absorber experiencias, decidir mi rumbo desde las aulas. Mi padre me había dado el ultimátum en la preparatoria. Así que iba a clases, a fiestas, convivía con mis compañeros… y leía. Leía mucho. Leía como si ahí se escondiera algo que todavía no sabía nombrar. (Universidad de Monterrey 1994-1998)

Un día estaba en la biblioteca, completamente atrapado en la lectura de Cándido o el optimismo de François-Marie Arouet, Voltaire. Vivía ese raro estado de plenitud que solo ocurre cuando el mundo exterior se diluye. Hasta que la alerta del inicio de clase me arrancó de golpe de esa armonía.

Corrí al salón. Comenzaba la clase de Estadística con el maestro José Juan Góngora.

Llegué tarde. Él ya explicaba conceptos. Me senté al frente y, casi de forma instintiva, deslicé el libro de Voltaire bajo el pupitre. En ese momento, Góngora pasó por mi fila, se detuvo, se inclinó y tomó el libro. Lo miró. Luego me miró a mí.

—¿Por qué traes ese libro? —preguntó.

No entendí del todo la pregunta, aunque era clara.

—Es lo que estoy leyendo —respondí, con cierta duda.

La clase continuó. Pero esa conversación no terminó ahí. En el pasillo volvió sobre el tema. Me dijo que no era común que alumnos de esa universidad leyeran a Voltaire. Y no se equivocaba. A pesar de contar con una biblioteca hermosa y vasta, la afluencia era escasa. El saber estaba disponible, pero no necesariamente habitado.

Con los días, comencé a visitar a Góngora en su cubículo durante mis horas libres. Hablábamos de poesía, de libros, de música. Así, sin darnos cuenta, fuimos tejiendo una amistad que sigue viva hasta hoy.

Organizamos eventos culturales, presentamos fanzines de poesía, él publicó un libro de poema: Desfile alfabético de tatuajes cotidianos. Tomábamos café. Conversábamos. Le compartí algunos textos míos y los desmenuzaba con paciencia. Ahí empecé a comprender la técnica, el estilo, el rigor. Descubrí autores nuevos, sobre todo alemanes. Aprendí que escribir también es aprender a mirar.

Góngora dejó la UdeM para irse al ITESM. Ahí continuó su carrera docente hasta su jubilación. Aun así, siempre encontramos la forma de vernos: cada año, cada tres, cada cinco. En 2022 regresamos juntos a la biblioteca de la UdeM para presentar mi novela “Pequeño Alquimista“. Cerramos un ciclo. Abrimos otro.

Mi maestro de Estadística se convirtió en mi maestro de literatura. Y luego, en mi amigo.

Hoy celebramos esa amistad tomando café, desayunando cualquier día de la semana. Hablamos de libros, de política, de la vida. Con la misma energía de los noventa. Hablamos y nos escuchamos. Nos recomendamos lecturas. Nos compartimos anécdotas.

Y cuando pienso en Voltaire —uno de mis escritores favoritos— pienso inevitablemente en Góngora, uno de mis grandes amigos: Cándido y Pangloss, caminando juntos, todavía, preguntándose por el mundo. Góngora, querido maestro, querido amigo, gracias por hacerme aquella pregunta: ¿tú que haces leyendo a Voltaire? Me hizo consciente que seguía en la búsqueda de los caminos, de las ideas… Nos vemos pronto en el café.

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