El dominio del mal

El mal ya no se oculta…

Camina entre nosotros con rostro cotidiano, se disfraza de progreso, de libertad, incluso de justicia. Lo vemos en la violencia que se normaliza, en las guerras que parecen eternas, en las drogas que prometen alivio y solo traen vacío. Lo vemos en la corrupción que sonríe desde los altares del poder y en los millones de almas que se acostumbran a mirar el sufrimiento como parte del paisaje.

El mal no siempre destruye con estruendo; a veces lo hace en silencio, gota a gota, despojándonos de sensibilidad hasta que ya nada nos duele. En su versión moderna, no necesita demonios con cuernos, sino sistemas que venden placer instantáneo, ideologías que justifican el egoísmo, narrativas que reducen la vida a consumo y la muerte a estadística.

Su dominio se ha intensificado porque hemos confundido libertad con indiferencia. Pensamos que la maldad es ajena, cuando en realidad germina en la omisión. Cada vez que callamos ante la injusticia, que miramos sin actuar, que cedemos ante la comodidad del “no me importa”, le abrimos la puerta.

En mi libro –Desencántate hablo de los encantamientos que ciegan la consciencia. El mal es precisamente eso: un encantamiento colectivo que nos convence de que nada puede cambiar.Pero sí puede porque el mal no se vence con más odio ni con más ruido, sino con presenciaEl mal se alimenta de la inconsciencia; la luz, de la atención.

La lucha contra el mal comienza en el terreno invisible: el interior. No se trata de religión, sino de consciencia. De atrevernos a mirar la oscuridad sin miedo, reconociendo que cada acto de bondad, cada gesto de compasión, cada decisión basada en la verdad, es una victoria silenciosa contra él.

El mal teme a la presencia porque en ella no puede esconderse. Y cuando la luz de la consciencia se enciende, la oscuridad se disuelve sin necesidad de pelear.

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