Toda la primaria y secundaria tuve una costumbre que surgía segundos después de que mi madre nos recogía a la salida del colegio. Ya de regreso a casa hacía dos preguntas. La primera: «¿Y mi papá?» Ella respondía de inmediato: «Trabajando». La segunda: «¿Y el periódico?» «Ahí está», concluía, mientras manejaba aferrada al volante de la vagoneta que conducía entonces, cruzando las avenidas de un Monterrey donde aún no se usaban las palabras estrés o tráfico.
Llegábamos a casa, dejábamos nuestras cosas y, mientras mi madre organizaba la comida, yo me iba a saludar a mi tío Felipe, hermano mayor de mi padre, quien vivía en la casa de al lado.
Mi tío era —y es— una persona tranquila, parsimoniosa, de charla clara, sencilla, pero siempre profunda.
En mi infancia, mi tío tenía gusto por la pintura. Su estilo preferido era el óleo. Así que salía por la cocina hacia el patio que conectaba nuestras casas, y ahí normalmente lo encontraba pintando paisajes tipo Bob Ross. Yo contemplaba y trataba de configurar el mundo a través de los tonos tierra y oscuros que, recuerdo, eran sus favoritos.
Charlábamos antes de la comida y me explicaba la idea de los paisajes. Luego me hablaba —porque yo se lo pedía— de los libros de su librero. En aquellos años, cuando comenzaba a tener conciencia del mundo, recuerdo que trabajaba en Salinas y Rocha, aquella mueblería ya desaparecida. Luego hay un puente: dejó ese trabajo y se incorporó a la fábrica de otro de mis tíos, el tío Juan.
A partir de ahí no recuerdo que mi tío haya vuelto a pintar. Desaparecieron los canvas, los pinceles, las pinturas y el caballete. Yo también fui creciendo y, aunque la pintura era relevante en su vida, el compromiso con el nuevo trabajo le fue robando ese tiempo.
Con los meses aparecieron otras circunstancias que me seguían uniendo a él: el softball. La fábrica del tío Juan había formado un equipo que competía en una liga botanera. Jugaban martes o miércoles por la noche. Yo escapaba con mi tío Felipe a esos juegos: primero como porrista; luego como banca; y alguna vez, como corredor emergente.
Esos martes de softball y esas tardes de pintura siguen siendo imágenes únicas y bien coloreadas en mis recuerdos.
Gracias a esas charlas silvestres con mi tío, me hice amante de la pintura y del arte. La familia por parte de mi padre tiene una característica muy singular: todos los hermanos son sumamente creativos. Tienen facilidad para crear, aunque debo reconocer que esa creatividad está más enfocada en los negocios que en el arte. Mi tío Felipe fue el único que se atrevió y tuvo la fuerza para demostrarlo —pintando—.
Mi tío nunca se percibió como artista, y creo que eso lo hacía más artista que todos, porque vivía el arte del acto o el acto como arte; la pintura lo relajaba, lo alejaba del mundo y lo acercaba a la realidad. Para mí, era su forma de compartir su visión del mundo. Me siento profundamente agradecido con él por permitirme estar cerca de algo que me hizo más sensible.
Las charlas entre mi tío y yo, que fueron muchas mientras viví con mi madre, siempre eran enriquecedoras. Luego, con los años y la necesidad de andar mi camino, fueron disminuyendo.
Al final, siempre he visto a mi tío Felipe como un hombre sabio, mesurado, lleno de anécdotas nacidas de la simpleza por la vida.
Gracias a la pregunta de mi hermana Jessica acerca del orden de los personajes, pude crearlo. Metí las manos en el baúl de las memorias y, en orden cronológico, mi tío Felipe fue el siguiente.
Tío Felipe, donde quiera que estés, gracias por esas tardes de pintura, esas noches de softball y, sobre todo, porque sin querer me enseñaste a comprender lo que contemplar significa.
PD: hace poco contacté a mi tío y repasamos los recuerdos. Me contó que, tras convalecer algunos meses por temas de salud y como parte de su terapia, pintó un mural en casa de una de mis primas.
Gracias, tío. Nos vemos pronto en el desayuno.
#AmanoAlzada


