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La trampa de la espiritualidad

¿Qué pensarías si te digo que dejar la religión organizada para cruzarte al mundo de la espiritualidad puede ser, en realidad, una trampa más de la Matrix?

Si no estás preparado para entrar en un viaje existencial y cuestionar tus creencias más profundas, mejor no sigas leyendo…

Un día dejaste de “rezar” y empezaste a “manifestar”. Ya no pides, decretas. Las velas siguen siendo las mismas, solo que ahora no llevan imágenes de santos. Tus altares son más modernos, más sincréticos, más “conscientes”. Y sí, todo eso nos rodea, nos da paz, nos da esperanza… igual que lo han hecho las religiones por miles de años.

Sin darnos cuenta, estamos repitiendo un patrón para el que fuimos programados: seguir colocando afuera de nosotros la responsabilidad de nuestra existencia.

Cada vez estoy más convencido de que el despertar espiritual puede convertirse en otra trampa. Una muy sofisticada. Nos hace sentir que avanzamos, pero nos mantiene lejos de lo que, en mi opinión, es el verdadero propósito de venir a este planeta: vivir para recordar lo que mi alma realmente es.

¿Quién soy “YO” desde la conciencia del alma?
Esa es la pregunta que todo ser humano debería hacerse.

Antes le rezábamos al ángel de la guarda para que nos protegiera. Ahora usamos números, frecuencias, Feng Shui o Merkabah.  Antes seguíamos a sacerdotes, pastores o imanes. Hoy seguimos a gurús, maestros o canalizadores. Y sí… también necesitan dinero. Solo que ya no es vía limosna, sino a través de cursos, retiros y certificaciones.

Seguimos enganchados a ritualizar la vida de manera insistente, no paramos, solo seguimos. Pensamos que si hago esto, si tomo tal ceremonia o activo cierta energía, entonces estaré protegido, listo para recibir o incluso para trascender.
Pero la vida no es un ritual. La vida es una colección de experiencias sin orden aparente que cobran sentido a través de nuestra existencia. No estamos aquí para perfeccionar el alma: el alma ya es perfecta, es infinita. Soy yo en mi expresión más amplia.

¿A qué venimos al mundo? A vivir.
Habrá días hermosos y otros profundamente desafiantes. Existe la alegría, pero también el enojo. Vamos a llorar, a sentir náusea, a tener orgasmos. Así funciona el cuerpo: es el vehículo que elegimos para experimentar la existencia.


Y sí, estamos aquí para aprender; como en un videojuego, subimos de nivel conforme integramos esos aprendizajes. Pero aprender no es estudiar la vida… es vivirla desde lo que nos ofrece. Es sentir. Es explorar. Es permitirnos ser aventureros en nuestra propia experiencia.

Desde mi camino, después de recorrer diversas rutas espirituales, reconozco que hay cosas buenas y otras no tanto. Hay prácticas maravillosas que nos conectan con emociones como la gratitud o el perdón.  Pero también es fácil caer en la adicción a lo “espiritual”: querer siempre otro curso, otro retiro, otra ceremonia. Como si necesitara algo externo para sentirme completo.

Creo que el verdadero crecimiento está en soltar todo, en silenciar la mente y en reconocerme desde la perfección de mi alma. En recordar mi poder infinito a través de cómo elijo experimentar el mundo cada día.

Controversial. Incómodo. Complejo.
Sí.

Pero vale la pena darse permiso de mirar la vida desde este lugar.

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