Prompt es una palabra que, conforme pasan los días, la escuchamos más. La palabra proviene del latín promptus, que significa “listo, preparado o expuesto”. Hay otra versión que indica que viene del inglés medio: “prompte”: rapidez o disposición.
Con la incursión de las nuevas tecnologías en nuestras vidas —no al revés—, el uso de estos neologismos nos reconfigura la vida. Yo me acerqué a esta palabra hace ya casi diez años. Tuve la oportunidad de trabajar en un proyecto con inteligencia artificial: el famoso Watson de IBM. Trabajamos en una base de conocimiento para ayudar a los asesores telefónicos a dar mejores respuestas a millones de derechohabientes.
En aquel momento, la conversión al prompt era la palabra “intenciones”. Le dábamos intenciones a Watson para que su modelo de aprendizaje tuviera la capacidad de entender la gran variedad de contextos en los que una pregunta puede existir. Entonces, generábamos 100 formas de hacer una pregunta. En aquella experiencia, sin duda emocionante, la idea de la inteligencia artificial sonaba muy bien, pero las horas hombre invertidas en alimentarla y robustecerla eran el gran talón de Aquiles.
Quizá por eso, las empresas que trabajan en estos desarrollos liberaron las herramientas para que pudieran lograr el cometido. Cada vez que usamos una herramienta de este género, estamos ayudando a las grandes empresas a perfeccionar sus productos, y a cambio nos entregan información —a veces, o muy frecuentemente— sesgada, no calibrada, inventada.
Hay una frase tipo canon que dice: “Cuando el servicio es gratis, el producto eres tú”.
Y esa realidad la hemos vivido los últimos 25 años. Llevamos al menos dos décadas perfeccionando las herramientas que luego nos cobran si queremos los servicios “premium” o si queremos que nuestros mensajes sean vistos por nuestras audiencias. Fuimos (bien) engañados y aquí estamos. Eso ya es una completa verdad. Nos ajustaron nuestra forma de convivir, fueron invasivos y nosotros condescendientes.
Lo hecho, hecho está. Por eso vuelvo al prompt. Antes, para pedir algo, decíamos “por favor”. Ahora, ¿qué diremos? ¿Prompt favor? Por favor era una petición, pero cargada de humanidad, contexto y utilidad. El “por favor” es una de las palabras con mayor valor, al menos en México o en América Latina.
¿Qué pasará en los próximos años, cuando estas tecnologías terminen por cubrirnos, abrazarnos y abrasarnos? ¿Dónde quedará el “por favor”? ¿Dónde dejaremos esa parte humana de la comunicación?
Sí, ya estamos muy cerca de la frontera que colinda con el abismo de las buenas costumbres. ¿Qué sucederá cuando el prompt sustituya definitivamente al “por favor”?
Como sociedad estamos siendo retraídos, nos agazapamos en las pantallas de los teléfonos inteligentes, y parece que esa oscuridad nos gustó. Parece que la realidad era menos real que la ficción de las redes y nuestros miles de amigos, las cientos de interacciones, todo… parte de un algoritmo, un sistema de premiación: nos gamificaron y ahora somos una interacción. ¡Por favor!


