El vacío incomoda…
Lo sentimos en una despedida, en una pausa forzada, en ese instante en el que la vida nos arrebata lo que creíamos seguro. No sabemos qué hacer con él y lo llenamos de inmediato con distracciones, promesas y principalmente con ruido. Hemos olvidado que el vacío no es ausencia, es origen.
Todo comienza en el vacío…
Antes de la palabra, está el silencio; antes de la obra, está la hoja en blanco; antes de la música, está el aire inmóvil. El vacío es fértil cuando se aprende a sostenerlo porque nos obliga a detenernos y a mirarnos sin disfraces. Es el espacio donde la consciencia se expande y se revela lo que no queríamos escuchar.
El mundo moderno teme al vacío, pues lo interpreta como fracaso o carencia. Nos repite que estar vacíos es sinónimo de estar rotos. Pero lo cierto es que el vacío es un maestro radical: despoja, desnuda, incomoda hasta que nos hace reconocer lo esencial. No es la falta de sentido, sino la posibilidad de un sentido nuevo.
Sostener el vacío requiere valentía e implica resistir la tentación de llenarlo con lo primero que aparezca. Requiere confiar en que, aunque hoy duela, mañana florecerá algo distinto. El vacío no pide explicaciones, pide paciencia. Y esa paciencia es la prueba más alta de fé en nosotros mismos.
Las pérdidas, los silencios, las crisis, todos son formas de vacío. Nos sacuden para recordarnos que no vinimos a acumular, sino a aprender a soltar. El vacío abre un espacio que la vida, tarde o temprano, llenará con una nueva verdad.
Quien sabe sostener el vacío, sabe sostenerse a sí mismo y descubre que la plenitud no está en lo que tiene, sino en lo que permite ser.
El vacío no es el final, es un comienzo disfrazado.


