Tengo que aclarar algo: nunca he sido el mega fanático futbolero, pero sí tengo un gusto por el futbol. Todo empezó gracias a mis tíos, los hermanos de mi madre.
Uno de ellos tenía abono de Rayados en el antiguo estadio del Tec de Monterrey y me llevaba junto con sus dos hijos. Recuerdo cómo pasábamos debajo del torniquete: los niños no pagábamos o los de seguridad se hacían de la vista gorda. Mi tío llegaba saludando desde el viene-viene, el señor que cuidaba su carro, en el camino apenas diez metros y ya había saludado a un montón de compadres, a los de seguridad, a los que vendían cerveza, cocas, semillitas, quinielas… y no podía dejar de saludar a los demás borrachos —digo, aficionados— que se sentaban alrededor. Todos eran sus amigos o conocidos.
Después, otro de mis tíos se enteró de que uno de sus hermanos me llevaba a ver a los Rayados y se opuso rotundamente:
—“Los Rayados no sirven, estadio patito al que le caben 36 000 personas. Además, ¿por qué van a ver a los Rayados? ¡Todos salimos de la Uni! Ese cabrón es un ridículo” (amor de hermanos).
Así que unas semanas después, fui con mi tío Tigre y mis primos al Universitario. Ahí íbamos a ver a los Tigres con una bolsa de pan Bimbo que ahora contenía lonches de jamón y aguacate.
¿Quién me iba a decir que, muchos años después, iba a trabajar en Tigres: saludar y platicar con futbolistas, echarme unas cervezas y una carne con el Ing. Rodríguez, entrar al estadio gratis cada dos semanas, estacionarme en el mismo lugar que los futbolistas… y siempre había gente esperando a ver quién bajaba del carro para pedir fotos o autógrafos. La verdad, no sé a quién esperaban ver si yo llegaba en mi Chevy Pop.
Pero esa historia de los Tigres es para otro día.
Volviendo a Bélgica, varios mexicanos han llegado a jugar aquí. ¿A alguien le suena Lieja? Hace 36 años, Carlos Hermosillo jugó en el Standard de Lieja: cinco partidos, un solo gol, y en una entrevista se aventó la frase para el recuerdo:
—“Es un lugar frío… igual que los jugadores.”
Creo que no le gustó. No llegó en las mejores condiciones y no existía el soporte que hay hoy; hoy, con las redes sociales, es más fácil mantener fans por todo el mundo. Muy probablemente se sintió alejado y, además, no hablaba el idioma.
Pues así como que Anderlechtois full time… no. Ya no tengo abono, y si quería comprar de nuevo en esta temporada que llegó el Chino al Anderlecht —bueno, para que suene más rimbombante: el Royal Sporting Club Anderlecht.
A Memo Ochoa le fue mejor en tierras valonas. Venía del Ajaccio, en la isla de Córcega, Francia, y ya hablaba francés, lo que le dio ventaja. Incluso se hizo amigo de Alizée, sí, la cantante de Moi Lolita. En el Standard de Lieja duró dos temporadas, parando todo, y hasta fue elegido Mejor Jugador de la Temporada 2018–2019 por los aficionados del club.
Hoy la historia de los futbolistas mexicanos en Bélgica continúa con César “Chino” Huerta, el primer mexicano en el Anderlecht. Bueno, el primero no… porque yo ya iba al estadio desde antes de que él llegara.
El Chino lleva tres goles hasta ahora, vestido de púrpura (Les Mauves), y todavía tiene tiempo para convertirse en leyenda. Esperemos que anote más goles de aquí al 2029 y que los 10 millones que le pagan le reditúen al club.
Algo interesante del Anderlecht es que sabe reinventarse. Ha tenido sus altibajos, desde días dorados en la Copa de la UEFA hasta noches de Jupiler Pro League. Se dice que todo comenzó con un pequeño grupo de fans en un bar de Bruselas.
Esos cafés y bares todavía existen alrededor del estadio y son el punto de encuentro para llegar y tomarse la primera Jupiler o, como yo, la primera Stella Artois… como viejito.
P.S. A mis tíos que ya no están, pero los recuerdo en cada partido.

